China ha puesto en marcha una nueva fase de su lucha contra la desertificación en Xinjiang, al oeste del país, utilizando materiales avanzados vinculados a su programa espacial. Entre las soluciones que se están desplegando se encuentran fibras de basalto, un material fabricado a partir de roca volcánica fundida que ya fue probado en condiciones extremas durante la misión lunar Chang’e 6. Ahora, esa tecnología se está adaptando a la Tierra para estabilizar suelos, contener dunas móviles y proteger zonas agrícolas amenazadas por la erosión, la salinidad y el avance del desierto del Taklamakán, uno de los mayores desiertos de arena móvil del mundo.

Los nuevos proyectos han sido impulsados por el Instituto de Ecología y Geografía de Xinjiang, dependiente de la Academia China de Ciencias, y se centran en el control de arenas, la prevención de la desertificación y la gestión de la erosión causada por el viento y la salinidad del suelo. El objetivo es reforzar una barrera ecológica que proteja las tierras cultivables de la región y contribuya a la seguridad alimentaria.

Una de las claves de esta estrategia es la creación de un cinturón verde alrededor del desierto del Taklamakán, combinando vegetación resistente a la sequía con barreras técnicas para fijar la arena. En esta nueva fase se han incorporado seis materiales ecológicos diseñados para estabilizar el terreno en los bordes del desierto, entre ellos soluciones basadas en fibra de basalto.

La fibra de basalto se obtiene al calentar roca volcánica a temperaturas muy elevadas y transformarla en filamentos resistentes. Este material fue empleado en la bandera china transportada por la misión Chang’e 6, la primera en traer muestras de la cara oculta de la Luna, porque podía soportar cambios extremos de temperatura y radiación ultravioleta intensa. Esa misma resistencia es la que ahora lo convierte en una herramienta útil para condiciones desérticas severas.

El desierto del Taklamakán es una zona estratégica dentro de la conocida como “Gran Muralla Verde” china, una campaña de décadas para evitar que tierras fértiles se degraden por el efecto combinado del cambio climático y la actividad humana. China completó en 2024 un cinturón verde de unos 3.000 kilómetros alrededor del Taklamakán tras 46 años de trabajos de reforestación y control de arena.

Los investigadores también están explorando el uso de cenizas volantes, un residuo de centrales térmicas que puede reutilizarse en materiales de construcción, junto con nuevas técnicas para mejorar suelos afectados por la salinidad. El investigador Pei Liang estima que estos nuevos materiales podrían aumentar la eficiencia de las obras de control de la desertificación en un 50% y reducir los costes en torno a un 30%.

Aunque los retos siguen siendo enormes y la desertificación continúa afectando a amplias zonas del país, la iniciativa muestra cómo la innovación desarrollada para la exploración espacial puede tener aplicaciones directas en la protección del planeta. Transformar materiales pensados para resistir la Luna en herramientas para cuidar suelos agrícolas demuestra que la ciencia puede conectar objetivos aparentemente lejanos: explorar el espacio y restaurar ecosistemas vulnerables en la Tierra.

Fuente: South China Morning Post

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